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intención

Puedes hacerlo aunque todavía tengas miedo

@harmattanlight Narrated by Lana Young 2:30 32 shots

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Te despiertas temprano y hay algo alrededor de lo cual has estado dando vueltas durante semanas. Sabes exactamente qué es. Tiene una forma y un nombre, y podrías describírselo a un desconocido en una sola frase, y por eso sabes que es real y no solo un estado de ánimo. La luz empieza a asomar. Tus manos están lo bastante firmes. Hoy es un día completamente normal, y los días normales son los únicos en los que alguna vez alguien ha empezado algo.

Hay una taza cerca de tu codo y el vapor sube en una línea fina. En algún lugar afuera, un pájaro insiste en repetir lo mismo una y otra vez. La habitación tiene ese silencio particular que tienen los lugares antes de que el día se vuelva ruidoso. Tu teléfono está boca abajo. Nada de esto parece un punto de inflexión, y tampoco lo parecerá mañana.

Has estado esperando sentirte preparado, y esa espera te ha costado más de lo que jamás te costaría hacerlo. Este es el mecanismo, dicho con claridad. La confianza no es un permiso que se te entrega antes del trabajo, es un recibo que se imprime después, y se imprime en proporción exacta a cuánto de lo que te asusta realmente hiciste. Así que esperar a sentirla es esperar un documento que solo se genera con el acto que estás posponiendo hasta recibirlo. Ese bucle no tiene salida, y tú has estado dentro de él con toda educación, dando por hecho que el retraso era culpa de otra persona.

Dale la vuelta a tu propio razonamiento por un momento. Has decidido que sentir miedo es una señal para detenerte. Pero tenías miedo la primera vez que condujiste, la primera vez que hablaste con alguien a quien querías conocer, el primer día de cada trabajo en el que después llegaste a ser bueno, y en ninguno de esos casos el miedo resultó ser información sobre tu capacidad. Era información sobre lo desconocido, que es algo completamente distinto y que pasa según su propio ritmo. El coraje nunca fue la ausencia de ese sentimiento. Es la disposición a moverte mientras ese sentimiento sigue encendido, y tú ya lo has hecho antes, sin darte ningún crédito por ello.

Así que hoy pones un temporizador de diez minutos y haces, mal, eso que te da miedo, mientras sigues teniendo miedo. No la versión pulida. No la que le mostrarías a alguien. Diez minutos de la tarea real, con tu pulso haciendo lo que quiera hacer, porque lo único que reduce de verdad un miedo es el contacto con aquello mismo que lo provoca. Después te detienes, haya salido bien o no.

Diez minutos son lo bastante pequeños como para que hoy los pueda contener, y lo bastante grandes como para que cuenten. No te sentirás más valiente antes de empezar. Te sentirás más valiente después, que es el orden en que siempre ha ocurrido. Empieza de todas formas. Ese es todo el truco, y nunca fue un secreto.